Durante mucho tiempo pensé que las relaciones se terminaban cuando se acababa el amor.
Después entendí que no.
A veces el amor está.
Pero ya no alcanza.
Y qué difícil es aceptar eso.
Porque sería mucho más fácil si alguien dejara de querer al otro. Sería más sencillo odiarlo. Encontrar una razón concreta. Una traición. Una mentira. Algo que te permita decir: "Bueno, después de esto no puedo volver."
Pero hay veces que nadie hizo nada terrible.
Simplemente dejaron de encontrarse.
Uno quería hablar y el otro necesitaba silencio.
Uno quería construir y el otro necesitaba escapar.
Uno imaginaba un futuro y el otro apenas podía soportar el presente.
Y entonces aparecen esas discusiones absurdas donde ninguno está realmente enojado por lo que pasó.
Están enojados porque llevan meses intentando que algo vuelva a sentirse como antes.
Y no vuelve.
Nunca vuelve.
Porque las personas cambian.
Y vos también.
Ese es el problema de idealizar tanto el pasado.
Uno mira una foto y piensa: "Qué felices éramos."
Pero quizás no eran felices.
Quizás simplemente eran más inocentes.
Quizás todavía no sabían todo lo que iban a perder.
Y entonces un día llega la conversación.
Esa conversación que nadie quiere tener.
La de "creo que esto ya no funciona".
Y aunque por dentro se te esté cayendo el mundo, asentís.
Porque en el fondo sabés que sí.
Sabés que seguir no siempre es amar.
A veces seguir es tener miedo.
Miedo a estar solo.
Miedo a empezar de nuevo.
Miedo a descubrir que después de esa persona no hay nadie.
Pero después pasa algo increíble.
Un día te despertás y entendés que estar solo no era el problema.
El problema era sentirte solo estando acompañado.
Y desde ese día empezás a elegir distinto.
Ya no buscás a alguien que te prometa quedarse.
Buscás a alguien con quien no tengas que rogar para que lo haga.
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