LA PAZ QUE LES DEBEMOS
A veces la vida te pega un cachetazo de realidad donde menos lo esperás. Te encontrás ahí sentado, mirando la inocencia pura, una sonrisa que no sabe de rencores, unos ojos que solo buscan disfrutar el momento. Y de repente, se te llena la mirada de lágrimas. No es tristeza, es un nudo en la garganta que te aprieta porque sabés lo que hay detrás. Sabés que mientras esa criatura sonríe, el mundo de los adultos que la rodea se está prendiendo fuego. Me partió el alma ver ese contraste. Ver cómo los grandes nos encargamos de romperlo todo con infidelidades, con gritos, con egos que pesan más que el bienestar de los que más nos necesitan. Confundimos el amor con una guerra y nos olvidamos de que en el medio hay ojitos que miran y corazones que guardan cada golpe. Me quedé ahí, pensando en el trasfondo de tanto caos, y me hice una promesa silenciosa. Yo no quiero eso. Yo no quiero ser el arquitecto de un hogar de cristal que se rompe al primer viento. Si algún día la vida me regala la bendición de tener una hija, ya sé qué clase de papá quiero ser. No quiero ser el que le dé juguetes caros, quiero ser el que le dé un piso firme donde pisar. Quiero ser el papá que la mire y le transmita que el amor no duele. Que la lealtad es un código que no se negocia. Quiero que cuando ella me mire, vea un refugio, no una duda. Quiero enseñarle que un hombre de verdad es el que cuida la paz de su casa como si fuera el tesoro más grande del mundo. Porque ser un papá grandioso no es solo estar; es saber construir un mundo donde ella pueda seguir siendo niña el tiempo que haga falta, sin tener que cargar con las mochilas pesadas de los errores de sus padres. Esa tarde entendí que mi sensibilidad no es una debilidad, es mi mayor fortaleza. Porque el día que me toque, voy a dar la vida para que esa sonrisa no se apague nunca por culpa de un incendio que yo no supe apagar a tiempo. Elijo la paz, elijo la verdad y, sobre todo, elijo ser el hombre que mis hijos merezcan tener como ejemplo.
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