Hoy me levante y no siento nada

 


Hoy me levanté y no siento nada. La cama sigue ahí, el mismo colchón que no sabe de sueños rotos, solo de cuerpos cansados que buscan refugio en la comodidad de lo conocido. Me miro al espejo y no reconozco a quien me devuelve la mirada. ¿Dónde quedó ese ímpetu que solía incendiar las mañanas? Hoy, no hay chispa, solo cenizas de lo que alguna vez fue fuego.

La ciudad se mueve, el mundo sigue girando, pero en este rincón de mi alma, el tiempo parece detenido. Me arrastro por las calles como un fantasma de mis propios anhelos, buscando una señal en el ruido indiferente del tráfico. Las palabras que solían tener peso se desvanecen en el aire, se vuelven polvo en el viento de un desinterés colectivo.

La gente pasa, sonríe, vive, y yo me pregunto si alguna vez me perteneció ese sentimiento de conexión. Quizás, en otro tiempo, en otro lugar, fui parte del latido del mundo. Ahora, todo parece distante, como un eco que se pierde en el vacío de mi propia apatía.

¿Qué hago cuando el corazón parece haberse tomado un descanso permanente? ¿Cómo encuentro consuelo en una vida que parece desmoronarse en la indiferencia? Me siento como un espectador de mi propio drama, buscando sentido en una historia que ya no sé si quiero contar.

A veces, el vacío es el lugar donde encontramos la verdad más cruda sobre nosotros mismos. Es ahí, en ese silencio ensordecedor, donde nos enfrentamos a la realidad de lo que somos y lo que hemos perdido. Y aunque hoy me levanté sin sentir nada, quizás es el primer paso para volver a encontrarme, para reconstruir, para volver a sentir. Porque en el fondo, incluso el vacío puede ser un preludio a algo nuevo, algo que aún está por descubrirse.




Ilustración: @unflac0

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